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jueves, 19 de mayo de 2011

Visualización. Concreto versus abstracto

por Alicia Steimberg.

Veamos cuáles son esas dos características de un buen texto narrativo de ficción que observé en el comienzo de la mayoría de los libros calificados como excelentes. Pero aun antes de enunciarlas, debo advertir que estos dos parámetros no son suficientes para escribir un buen texto: también están presentes en muchos bodrios y bozafias. Lo que quiero decir es que en la gran mayoría de los textos que son buenos, por muy variados motivos, se dan estas características. Eso es todo. La norma se puede formular de esta manera:

En un buen texto de ficción, prácticamente desde el primer párrafo, el lector puede imaginar visualmente lo narrado.
En todos esos buenos textos hay una preeminencia de lo concreto sobre lo abstracto.


Antes de que caigan sobre mí para demostrarme que no siempre es así, me apresuro a dar yo misma un ejemplo de que, efectivamente, no siempre es así. Uno de esos casos de narrador de ficción que hace cosas diferentes además de las que ha enunciado es Macedonio Fernández.
Veamos primero, en una lista de libros de ficción tomados al azar de los estantes de mi biblioteca, las líneas con que comienza el texto. Los siguientes ejemplos son comienzos de novelas:

“Los viernes de la eternidad”, de María Granata:
Se quedó mirándolo, quieta como una langosta. Y hasta es posible que haya crujido. Con las manos no pudo hacer nada, ni siquiera santiguarse, y pese a que sus ojos estaban a punto de reventar a fuerza de desorbitadas, tuvo entereza.

Los adioses”, de Juan Carlos Onetti:
Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada.

“Pedro Páramo”, de Juan Rulfo:
Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.

“La invención de Morel”, de Adolfo Bioy Casares:
Hoy en la isla ha ocurrido un milagro: el verano se adelantó. Puse la cama cerca de la pileta de natación y estuve bañándome, hasta muy tarde. Era imposible dormir. Dos o tres minutos afuera bastaban para convertir en sudor el agua que debía protegerme de la espantosa calma. A la madrugada me despertó un fonógrafo.

“El silencio”, de Antonio Di Benedetto:
La cancel da directamente al menguado patio de baldosas. Yo abro la cancel y encuentro el ruido. Lo busco con la mirada, como si fuera posible determinar su forma y el alcance de su vitalidad. Viene de más lejos de los dormitorios de un terreno desocupado, que yo no he visto nunca, los fondos de una casa espaciosa que emerge en otra calle.

“Rayuela”, de Julio Cortázar:
¿Encontraría a la maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua.

“Marianela”, de Benito Pérez Galdós:
Se puso el sol. Tras el breve crepúsculo vino tranquila y oscura la noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los últimos rumores de la tierra soñolienta, y el viajero siguió adelante en su camino, apresurando su paso a medida que avanzaba la noche.

“Acerca de Roderer”, de Guillermo Martínez:
Vi a Gustavo Roderer por primera vez en el bar del Club Olimpo, donde se reunían a la noche los ajedrecistas de Puente Viejo. El lugar era lo bastante dudoso como para que mi madre protestara en voz baja cada vez que iba allí, pero no lo suficiente como para que mi padre se decidiera a prohibírmelo.

“Yo, el supremo”, de Augusto Roa Bastos:
Yo el Supremo Dictador de la República: Ordeno que al acaecer mi muerte mi cadáver sea decapitado; la cabeza puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República donde se convocará al pueblo al son de las campanas echadas al vuelo.

“Ulises”, de James Joyce:
Imponente y rollizo, Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana hacía flotar con gracia la bata amarilla desprendida.


Bien. Hasta aquí eran novelas y la nouvelle de Bioy. Veamos ahora los comienzos de los cuentos. Como se trata siempre de narrativa, sigo adelante sin más trámite:

“La luz de un nuevo día”, de Hebe de Uhart:
Todavía no se explicaba cómo se pudo caer. Ella fue a tender una colcha en la terraza y cuando bajó la escalera se comió el último escalón. Estaba todo oscuro y si bien tuvo la sensación de que daba un paso en falso e el aire, fue como si algo, el espíritu de esa oscuridad, la obligara a hacerlo.

“Nadie encuentra las lámparas”, de Felisberto Hernández:
Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos.

“Amor”, de Clarice lispector:
Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción.

“En un domingo oscuro”, de Isidoro Blaistein:
El matrimonio de viejos había visto todo. Había visto el automóvil que doblaba la esquina a toda velocidad, el resplandor de los fogonazos y el hombre que se levantaba en el aire, se sacudía, rebotaba en la pared y caía.

“Funes el memorioso”, de Jorge Luis Borges:
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo
cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre.

“Las casas del profesor”, de Úrsula Le Guin:
El profesor tenía dos casas, una dentro de la otra. Vivía con su esposa y su hija en la casa externa, que era cómoda, limpia, desordenada, donde no había suficiente lugar para los libros de él, los papeles de ella y los rápidamente desechados tesoros de la niña.

“Pequeñas avalanchas”, de Joyce Carol Oates:
Hacía rato que molestaba a mamá pidiéndole una moneda, y finalmente me la dio. Fui por el sendero hasta un atajo para llegar a la autopista y seguí hasta la estación de servicio. Había dos máquinas en el garage, y tuve que decidir entre la de gaseosas y la de golosinas.

“Así es mamá”, de Juan José Hernández:
No he conocido a nadie que posea la blancura de mamá. ¿Cómo extrañarse de que se llame Blanca? Vanamente, las pensionistas de mi casa pretenden imitarla: se pintan de azul los párpados, caminan sobre tacos Luis XV, cruzan las piernas y fuman con aire lánguido.

“Bola de Sebo”, de Guy de Maumpassant:
Durante varios días consecutivos habían cruzado por la ciudad jirones del ejército derrotado. No se trataba de la tropa, sino de hordas desbandadas. Los hombres llevaban barbas crecidas y sucias, uniformes andrajosos, y avanzaban con paso cansado y sin bandera, sin regimiento.

“Buena gente del campo”, de Flannery O´Connor:
Además de la expresión neutral que adoptaba cuando estaba sola, la señora Freeman tenía otras dos, de avance y de repliegue, que usaba en todas sus relaciones humanas. Su expresión de avance era aplomada y avasallante como la marcha de un camión pesado. Sus ojos no se desviaban jamás a derecha e izquierda, sino que se movían con el curso de sus monólogos como si siguieran una línea amarilla trazada en medio del camino.


En el curso de esta investigación sobre la visualidad del texto, que no he descubierto yo sino la ha descubierto ya Borges en 1935, en el primer prólogo a “Historia Universal de la Infamia”, cuando dice en su autocrítica a los cuentos del volumen “la reducción de la vida entra de un hombre a dos o tres escenas”, y enseguida: “El propósito visual rige también cuento Hombre de la esquina rosada”; en esta investigación, decía, no sólo está involucrada la vista, sino también otros sentidos. Observen que entre los veinte ejemplos de comienzos de novelas y cuentos, no sólo se apela a lo visual: “El Silenciero”, de Antonio Di Benedetto, hace una increíble fusión entre lo visual y lo auditivo. Dice, hablando del ruido recién descubierto: “Lo busco con la mirada, como si fuera posible determinar su forma y el alcance de su vitalidad”.
En su libro “Seis propuestas para el próximo milenio”, Italo Calvino habla de “una pedagogía de la imaginación que nos habitúe a controlar la visión sin sofocarla y sin dejarla caer, por otro parte, en un confuso y lábil fantaseo, sino permitiendo que las imágenes cristalicen en una forma bien definida, memorable, autosuficiente, icástica”.[1]
Traslademos esta propuesta de Calvino al acto concreto de escribir. Aunque nuestro propósito sea enterar al lector de la discusión que mantienen dos personajes, pongamos por caso, sobre la actitud y la conducta de los padres de los adolescentes de hoy ante los riesgos de la independencia demasiado temprana de los chicos. En lugar de reducirnos a registrar lo que dicen, veamos, dejemos brotar una visión de los dos hombres que están hablando (uno ha echado panza y está vestido como un oficinista; el otro lleva el pelo largo y su indumentaria es la de un adolescente, etc.).
Si hablo de cómo escribir mejor, debo evitar que el que me lea se quede con la impresión de que le estoy dando reglas y parámetros. Y si el que escribe, a pesar de que aplica mis consejos, produce un texto calificado como malo, no debe sentirse engañado. Yo nunca dije que sabía cómo se ayuda a alguien que no es escritor a ser escritor. Pero es seguro que leerá mejor y disfrutará más de la lectura y, con el tiempo, ¿quién sabe lo que puede pasar con el tiempo? Lo que puedo decir por el momento es que una vez escrito un texto hay que revisarlo, y si se nota una acumulación de generalizaciones y abstracciones, será bueno nutrirse de ejemplos acerca de cómo comienzan sus textos los buenos autores de ficción. Cómo los comienzan y cómo los siguen. Hay que apilar sobre el escritorio no menos de diez textos que a uno le gusten mucho, preferentemente escritos en español en el original, aunque un par de traducciones puede venir bien para aprender recursos y juegos lingüísticos de otros idiomas. Como traductora puedo decir que manejar otro idioma además del propio en forma casi bilingüe es una ventaja enorme para el profesor. Los alumnos que no poseen ese capital aprenden, por los comentarios del profesor, que otro idioma es, en muchas cosas, otra manera de pensar. Bilingües totales hay pocos; son esos seres afortunados con familias donde se habla otro idioma, o que pasaron sus primeros años en un lugar donde se hablaba otro idioma, y vinieron, por ejemplo, de Rumania, a los nueve o diez años, y conservaron el idioma, aunque el rumano no sea tan útil como el english. No les crean a los que dicen que no toleraron aprender inglés porque son antiimperialistas. No pudieron porque no tuvieron el privilegio de que los papás los mandaran a un carísimo colegio bilingüe o recurrieran a otro método para que aprendieran desde chicos. Pero es cierto, y aprovechemos este largo interludio para hablar de cosas que también hacen a la buena escritura. Es cierto que hay simpatía o antipatía y hasta odio hacia otros idiomas. De chica me disgustaba el idish, no quería oírlo ni aprenderlo, y era porque en casa había una postura anti-idish de mi familia materna, judíos que trataban de disimular que lo eran, contra la actitud tradicionalista y cariñosa de la familia paterna.
Pero volvamos a la visualidad y a la preeminencia de lo concreto sobre lo abstracto en los buenos textos y su escasez o ausencia en los malos, que, según observé, también eran malos textos por otros motivos. Lo que más me intrigaba en mi búsqueda era la existencia de una franja intermedia de textos que no eran despreciables, por el contrario, parecían buenos textos con una gran falla.. Es cierto que revelaban a una persona bien entrenada para la escritura, que además tenía ideas inteligentes. Pero la falta de visualidad y el predominio de palabras abstractas conspiraban contra la simple aceptación del texto por parte delos lectores.
Les dejo a ustedes la tarea de buscarlos. Son, como me enseñaron a decir, “la excepción que confirma la regla”, aunque yo creo que no confirma nada, simplemente es una excepción que existe.


En: “Aprender a escribir”.


[1] “Si he incluido la Visibilidad en mi lista de valores que se han de salvar, es como advertencia del peligro que nos acecha de perder una facultad humana fundamental: la capacidad de enfocar imágenes visuales con los ojos cerrados, de hacer que broten colores y formas del alineamiento de caracteres alfabéticos negros sobre una página blanca, de pensar con imágenes”. En Calvino, Italo, Seis propuestas para el próximo milenio, Madrid, Siruela, 1994, p.107.

viernes, 15 de abril de 2011

La escritura y sus formas creativas

Alvarado, Maite y Yeannoteguy, Alicia, La escritura y sus formas creativas, Buenos Aires, Eudeba, 1999.


1. La escritura

¿Qué es la escritura?
La escritura es un código o sistema de signos gráficos que permite la representación visual del enunciado. Es decir, no cualquier marca gráfica aislada constituye escritura; para que haya escritura es necesario un código, un sistema de signos a través del cual se representa lo que se dice. A partir de esta conceptualización, se ha podido diferenciar, en las primeras manifestaciones, la escritura de los dibujos. En sus inicios, todas las escrituras pasaron por una etapa pictográfica, en la que los signos eran icónicos; pero los mensajes escritos, aun los más antiguos, se caracterizan por repetir, en distintas posiciones, los mismos signos, a los cuales se atribuye siempre el mismo significado. Esto no ocurre con el dibujo, que deja un margen de interpretación mucho mayor.

Breve historia de la escritura
Para que se inventara la escritura, debieron darse una serie de condiciones, la más importante de las cuales fue el asentamiento del hombre, es decir, el pasaje del nomadismo al sedentarismo, a la agricultura y a la domesticación de animales. Esta transformación inicia otra serie de transfor-maciones; entre ellas, la invención de la escritura. El antropólogo Claude Lévi-Strauss, en un artículo de su libro Tristes trópicos que se titula "La lección de escritura", sostiene que la escritura, más que una herramienta de desarrollo cultural, ha sido una herramienta de dominación y control de unos hombres sobre otros, ya que, durante la mayor parte de su historia, la inmensa mayoría de la humanidad no sabía escribir y los pocos que dominaban esta técnica impusieron su visión del mundo a los otros. Para sostener su posición de que la escritura no ha sido una herramienta cultural tan decisiva, Lévi-Strauss pone como ejemplo el hecho de que la revolución más importante que se ha dado en la historia, el pasaje del nomadismo al sedentarismo, se hizo sin el auxilio de la escritura.
Los documentos escritos más antiguos que se han encontrado son del 3500 antes de Cristo. Son tablillas de arcilla grabadas con punzón, encontradas en la Mesopotamia. Según la Historia de la escritura de Ignace Gelb, lo que llevó a los sumerios a inventar la escritura fue el excedente en las cosechas provocado por una innovación en el sistema de riego. Al parecer, la implementación de un sistema de canalización novedoso dio como resultado cosechas muy abundantes e hizo necesario almacenar el sobrante en depósitos. Surgió así la necesidad de contabilizar entradas y salidas de la mercadería que estaba almacenada en esos silos. Este hecho habría motivado el surgimiento de la escritura.
Durante milenios, la escritura tuvo una función acotada al comercio y la administración. Es decir, fue un sistema de registro o de notación, con usos y funciones muy limitadas. La mayoría de esas escrituras primitivas, a su vez, combinaban dibujos con signos que representaban sonidos, es decir, eran escrituras mixtas. En el año 2000 antes de Cristo, los fenicios crean la primera escritura fonética, basada en la reproducción de los sonidos del habla. Y es esa escritura la que los griegos van a adoptar, adecuándola a su lengua e incorporándole las vocales, que no existen en las escrituras semíticas. Los griegos importan la escritura fonética, le anexan las vocales e inventan, así, el alfabeto. Este es el origen de la escritura alfabética.

La escritura como tecnología
Pero para que la escritura no se limite a funciones administrativas y contables, tendrá que pasar mucho tiempo. En el siglo V antes de Cristo, Platón expresa sus recelos frente a esta tecnología. Platón es una especie de bisagra entre la dialéctica socrática, oral, y la lógica aristotélica, eminentemente escrita: escribe su filosofía, pero en forma de diálogos. En el Fedro, le hace decir a Sócrates que la escritura favorece el olvido. Es extraño, porque justamente la escritura, como memoria artificial, viene a reemplazar a la memoria biológica, a liberarla de la pesada carga de tener que conservar todos los conocimientos. En este sentido, la escritura no favorece el olvido sino la conservación de los conocimientos, además de que, al liberar a la mente de la tarea de memorizar, le permite ocuparse de tareas más creativas. En Oralidad y escritura, Walter Ong compara los reparos de Platón frente a la escritura con los que se hacían algunos años atrás a la calculadora de bolsillo o a la computadora; por ejemplo, se decía que si los chicos usaban la calculadora en la escuela, no iban a aprender las tablas de multiplicar. Platón pertenecía a una cultura que, si bien había adoptado la escritura hacía ya varios siglos, todavía no la había desarrollado como herramienta intelectual. En este sentido, se podría decir que seguía siendo una cultura dominantemente oral. Para las culturas orales, la conservación de las tradiciones, los conocimientos, la historia, descansan en la capacidad biológica de memorizar; lo que explicaría, por lo menos en parte, la desconfianza de Platón frente a esta tecnología que reemplaza, en gran medida, a la memoria.
El sociólogo Raymond Williams considera a la escritura como un medio de producción cultural que utiliza, como recursos, materiales y herramientas externos al cuerpo humano. A los medios de producción que se valen de recursos externos, los denomina "tecnologías". Es decir, la escritura es una tecnología. Todas las tecnologías de la comunicación requieren un aprendizaje, por parte del usuario, para introducir mensajes; pero sólo la escritura necesita, además, de un aprendizaje para poder recibirlos. Es decir que tanto la producción como la recepción de mensajes escritos requieren un entrenamiento largo y costoso, lo que pone en desventaja a la escritura respecto de otras tecnologías de la comunicación, como las audiovisuales. Nadie necesita aprender a "ver" televisión; en cambio, existe una institución, la escuela primaria, dedicada fundamentalmente a la enseñanza de la lectura y la escritura.
Walter Ong también define la escritura como una tecnología de la palabra, del mismo modo que la imprenta y la computadora. Nosotros pertenecemos a una cultura que ha incorporado y automatizado la escritura hasta casi naturalizarla; pero, en realidad, como afirma Ong, la escritura es la más artificial de las tecnologías de la palabra, simplemente porque fue la primera. Lo que luego hicieron la imprenta, la máquina de escribir o la computadora, no fue más que amplificar lo que ya estaba en la escritura.
¿En qué consiste la artificialidad de la escritura? En que separa la palabra del contexto vivo de la comunicación oral y la fija sobre una superficie. Lo que implica, por una parte, que el sujeto que fija la palabra la ve ahora transformada en objeto; y segundo, al fijarla en una superficie, con materiales que le permiten perdurar, hace posible una comunicación diferida y a distancia. Como consecuencia de esto, el hombre pudo volver sobre sus palabras en otro tiempo, revisarlas, revisar sus ideas, modificarlas, cuestionarlas. La escritura hizo posible una reflexión crítica respecto de las ideas propias y ajenas, e hizo posible el análisis y la disección del lenguaje y del pensamiento.
La escritura -como los lenguajes en general- es una herramienta simbólica o semiótica, que sirve para transformar las relaciones sociales. Así como las herramientas permiten transformar la naturaleza, el medio físico, los sistemas de signos permiten transformar las relaciones entre los hombres; por eso se habla de "herramientas semióticas". Estas últimas tienen la característica de que, a fuerza de uso, terminan por interiorizarse. En este sentido, Walter Ong sostiene que la escritura reestructuró la conciencia: a fuerza de usar esta herramienta, la mente del hombre terminó transformándose, generando operaciones cognitivas que antes no eran posibles. Desde una perspectiva histórica, se trata de un proceso muy largo, en el que la escritura fue cambiando sus funciones. Y para que estos cambios se realizaran, también fue necesaria una serie de transformaciones materiales, tanto en el soporte como en las herramientas que se usaban para escribir.

Cambios en el soporte
Los documentos escritos más antiguos que se encontraron, los de los sumerios, son tablillas de arcilla talladas con punzón. Entre estas y la pantalla de la computadora ha habido una serie de mutaciones en el soporte de la escritura que han incidido en los modos de leer y escribir. Por ejemplo, se pasó de la superficie rígida de la arcilla a los rollos de papiro en los que se escribía con pincel. Fue un avance importante porque los papiros podían transportarse con más facilidad y no exigían el esfuerzo físico del tallado, pero presentaban otras dificultades: había que desenrollarlos a medida que se leía, y se volvían a enrollar por el otro extremo, de modo que no había posibilidad de volver atrás para releer. Alrededor del siglo I de nuestra era, hubo un salto importante al pasar al codex o códice, que ya tenía formato de libro: eran folios, hojas de pergamino; el códice permitía la relectura, la vuelta atrás.
Hasta el siglo XII, las palabras no estaban separadas en los textos, es decir, las palabras se presentaban en un continuo similar al del habla (cuando hablamos, no separamos las palabras). Esto, sumado a que no había puntuación, dificultaba enormemente la lectura. Tampoco estaba unificada la ortografía, por lo cual una misma palabra podía escribirse de diferentes maneras. La unificación de la ortografía es posterior a la invención de la imprenta.
Antes de la imprenta, los libros, obviamente, eran manuscritos. En Grecia y Roma, la producción de los libros se hacía en talleres donde los copistas o amanuenses escribían al dictado; por lo tanto, no había dos libros iguales y, desde luego, eran muy escasos los libros en general. La forma de publicación más frecuente era la lectura en voz alta o el recitado, porque la mayoría de la población no sabía leer. Hasta después de la invención de la imprenta, la lectura siguió siendo dominantemente en voz alta; casi no existía lectura silenciosa. San Agustín cuenta, en las Confesiones, que son del siglo IV, que estaba viendo leer a Ambrosio y que "mientras sus ojos corrían por las páginas, su espíritu percibía el sentido pero su voz y su lengua estaban quietas". Es decir, San Agustín considera digno de mención el hecho de que este personaje lea sin vocalizar, y esto se debe a que la lectura era dominantemente oral. A lo largo de la Edad Media, se empieza a extender la lectura silenciosa, en general en los monasterios y conventos. La separación de palabras, la introducción de los signos de puntuación, la división del texto en párrafos y apartados con subtítulos son transformaciones que ayudaron a organizar la información que el texto brinda y contribuyeron al desarrollo de la lectura silenciosa, privada. A medida que se extiende la lectura silenciosa y al uníparo de su privacidad, comienzan a proliferar, entre otros géneros, los textos heréticos y los textos obscenos.
Si bien la invención de la imprenta, en el siglo XV, favoreció la lectura silenciosa, ambas modalidades -silenciosa y en voz alta- siguieron coexistiendo a lo largo de los siglos; mientras la lectura silenciosa fue adoptada mayoritariamente por los sectores cultos, las capas medias y los sectores populares siguieron prefiriendo la lectura en voz alta hasta bien entrado este siglo. Roger Chartier, que se dedica a historiar las prácticas de lectura, rastrea cómo aparece representada la lectura en la pintura y en la literatura de los siglos XVI y XVII. Y encuentra abundantes escenas de lectura en voz alta. En el final de La Celestina, de Fernando de Rojas, aparece una nota que dice que el texto debe leerse en voz alta, frente a un auditorio de no más de diez personas y con variaciones de voz para atraer a los oyentes. También en el siglo XVII, en la segunda parte del Quijote de Cervantes, aparece un capítulo titulado "Que trata de lo que leerá aquel que lo leyere y oirá aquel que lo escuchare". Chartier señala la abundancia de escenas de lectura en voz alta en los relatos que narran viajes largos, donde tiene la función de amenizar el trayecto, de servir para trabar contacto con los otros viajeros y como punto de partida para la conversación.

La imprenta
La invención de la imprenta produjo importantes transformaciones. Por una parte, la posibilidad de producir copias idénticas de un mismo texto. Por otra, la uniformización de la tipografía. También, el abaratamiento de los costos al producir en cantidad. Los textos se multiplicaron y se amplió el público lector. Pero esta capacidad de multiplicación se enfrentó con la ausencia de un público alfabetizado. Una de las razones por las que crecieron las escuelas en Europa, en un proceso gradual que va del siglo XVI al XIX, fue la presión que ejercieron los imprenteros y libreros, que eran los editores de la época, para extender el mercado.
Si la imprenta permitió ampliar el público lector, en conjunción con la escolaridad, a su vez, los nuevos sectores que se incorporan a la lectura presionaron sobre la imprenta para que se publicaran otro tipo de textos. Es decir, surge un público amplio, nuevo, que exige otras lecturas, lo que lleva a la aparición de los periódicos, del folletín y de otras publicaciones por entregas que repartían los vendedores ambulantes. Empiezan, así, a proliferar nuevos escritos, que son los que consumen los nuevos sectores del público.
En nuestro país, la Generación del '80, que fue la que encarnó el proyecto modernizador de la Argentina, instaló la escolaridad obligatoria. Adolfo Prieto, en El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna, aporta algunos datos interesantes en relación con este proceso: si, a mediados del siglo pasado, asistían a las escuelas primarias 11.000 niños, los censos de la década del '80 informan que se habían multiplicado a 145.000. A su vez, un semanario de 100 páginas, como Caras y Caretas, tenía una tirada de 70.000 ejemplares, es decir, una tirada verdaderamente importante, que habla de un público lector extendido. Beatriz Sarlo, por su parte, en El imperio de los sentimientos, analiza un fenómeno interesante que se dio en las dos primeras décadas de este siglo en nuestro país, el fenómeno de la novela semanal. Eran novelas breves, sentimentales, consumidas preferentemente por muchachas jóvenes de barrio, que narraban historias sencillas, de muy fácil lectura, y que conjuraban el aburrimiento y la rutina y satisfacían las necesidades de ficción de ese público. Estas novelas llegaron a tener una tirada de 200.000 ejemplares, e incluso reediciones; fueron un boom editorial. Beatriz Sarlo señala muchas razones que explicarían el éxito de la novela semanal, entre ellas que eran ediciones baratas, textos fáciles de leer y que, además, no se vendían en librerías sino en los quioscos o a través de vendedores ambulantes. A los sectores que recién se incorporaban a la lectura no les resultaba sencillo moverse en las librerías, que en general estaban ubicadas en el centro de la ciudad y exigían un entrenamiento para poder obtener información del paratexto de los libros, conocer editoriales, autores, saber leer contratapas; es decir, un tipo de destrezas que esos sectores no poseían.

Resumen
La escritura permitió al lenguaje conquistar el tiempo y el espacio al materializarlo y fijarlo sobre un soporte móvil; tornó visible el discurso, exponiéndolo a la contemplación y al análisis; y, al liberarlo del contexto situacional, propició actividades de evaluación y revisión crítica. Se trata de transformaciones intelectuales que son causa y consecuencia, a la vez, del dominio de esta tecnología de la palabra, de su interiorización como herramienta cognitiva. Y son también procesos culturales, estrechamente relacionados con otras transformaciones sociales. En este sentido, hemos visto cómo los sucesivos cambios en el soporte material favorecieron, a lo largo de la historia, nuevos modos de relacionarse con los textos y una proliferación cada vez mayor de géneros escritos.

Bibliografía

Chartier, Roger, El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación, Barcelona, Gedisa, 1995.
—————————, "Lecturas y lectores populares desde el Renacimiento hasta la época clásica", en Cavallo, G.- Chartier, R. (dirs.), Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 1998.
—————————, Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, Madrid, Alianza, 1993.
Gelb, Ignace, Historia de la escritura, Madrid, Alianza, 1987.
Lévi-Strauss, Claude, "Lección de escritura", en Tristes trópicos, Buenos Aires, Eudeba, 1973.
Ong, Walter, Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, México, FCE, 1993.
Prieto, Adolfo, El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna, Buenos Aires, Sudamericana, 1988.
Sarlo, Beatriz, El imperio de los sentimientos, Buenos Aires, Catálogos, 1985.
Williams, Raymond. Cultura. Sociología de la comunicación y del arte, Barcelona, Paidós, 1981.
—————————, "Tecnologías de la comunicación e instituciones sociales", en Williams, R. (ed.), Historia de la comunicación (Vol. 2), Barcelona, Bosch, 1992.

Prólogo

Klein, Irene: El Taller del Escritor Universitario. Buenos Aires, Prometeo Libros, 2007.
Prólogo
Escribir
Escribir, señala el novelista Don de Lillo (2005), “es una forma concentrada de pensar. A través del lenguaje se puede llegar a ideas a las que de otra manera no hubiéramos tenido acceso”.
“Escribo”, afirma la ensayista Beatriz Sarlo (2001), “porque quiero saber cómo es eso que estoy pensando y que no lograré saber si no lo escribo. Se piensa porque se escribe”.
Tanto un escritor de ficción como una escritora de ensayos críticos asumen una posición coincidente: considerar a la escritura no como un medio para “expresar” lo que se piensa sino como un proceso por el que se descubre y transforma el conocimiento.
El sujeto que escribe produce un objeto, un trazo material (Barré-De Miniac, 2003): esa producción fuera de sí mismo le permite tomar distancia en relación al contenido escrito y observar y cuestionarlo. Es así que, al tiempo que moviliza los saberes que el sujeto tiene sobre la lengua y sus conocimientos sobre el mundo, la escritura posibilita configurar y reconfigurar esos saberes, o sea, construir conocimiento.
La escritura incide en el pensamiento y se inscribe, de ese modo, en el dominio de la cognición, cuyo sentido etimológico, precisamente, es el del “conocimiento”.

Enseñar a escribir: un proceso fundado en la lengua
Utilizamos la lengua para organizar nuestra experiencia, categorizar el mundo, dar sentido a nuestras actividades cotidianas, relacionarnos con quienes nos rodean y construirnos como seres sociales. En el lenguaje el sujeto construye su identidad social y cultural: el modo como organizamos con palabras nuestra relación con el mundo define lo que el mundo es para nosotros. Las diversas disciplinas académicas que conforman las carreras universitarias se presentan como distintas formas de pensar y comprender al mundo, de darle sentido y de representarlo. De ahí que sea sobre todo en las Ciencias Sociales y en las Humanidades donde surgen en mayor medida los problemas específicos de la transmisión e interpretación de los discursos de otros.
El lenguaje no es un simple instrumento sino el “escenario discursivo” (M. C. Martínez, 1997) en el que se realiza el encuentro significativo entre dos sujetos – el que se asume como enunciador de un texto y su lector virtual- y una experiencia externa o saber que desea transmitirse. No usamos la palabra para reproducir la realidad sino para construirla en función de intereses determinados. Tomar la palabra no es, entonces, una actividad ingenua: la elección de un tema, de determinadas unidades léxicas y de una organización retórica, etc., que hace un sujeto incide en los esquemas mentales ajenos- en los del auditorio o lector de su texto-; esto es, en sus modos de representar el mundo.
Ayudar a desarrollar una capacidad estratégica tanto para producir como para comprender los textos, es decir, tanto para adecuar el texto que se escribe a un determinado propósito como para reconocer el objetivo textual en el que se lee, es, por lo tanto, el objetivo esencial de la enseñanza de la escritura.

La escritura en la universidad
La escritura es una tarea habitual tanto para los estudiantes universitarios- que escriben parciales, monografías, tesinas, reseñas, informes- como para los profesionales, que elaboran artículos, papers, trabajos de investigación. Unos como otros no desconocen que escribir constituye una tarea intelectual de enorme complejidad que exige analizar lo que otros han dicho sobre un tema, establecer relaciones semánticas en el interior de su propio texto como así también entre diversos textos; constituirse en un observador agudo y analítico que pueda tomar distancia de su postura personal, considerar el tema dentro de un marco o sistema conceptual más amplio y fundamentar sus aserciones.
Sin embargo, salvo excepcionalmente, en ninguna disciplina se reflexiona sobre el proceso mismo de escribir. ¿Por qué? Tal vez porque se presupone que la escritura es un medio para comunicar lo que se sabe y, por lo tanto, basta con poseer dicho saber para poder hacerlo. Pocas veces se toma conciencia de que escribir no solo es transmitir ese saber sino sobre todo configurarlo. A lo sumo, entonces, frente a esa posibilidad de escribir un texto, se reclaman técnicas desde el anhelo de que, a través de ellas y de manera instantánea, tal como opera el pensamiento mágico, se logre plasmar en la hoja el saber que se tiene sobre determinada disciplina. Pero basta comenzar a producir un texto para darse cuenta de que no es tan fácil trasladar a la escritura lo que uno sabe y quiere decir; la escritura es más que un sistema de convenciones al que se debe responder. De modo similar, aun la descripción más precisa sobre las técnicas de modelado le resultarán insuficientes a un artesano cuando quiera dar forma a la masa de arcilla: solo hundiendo una y otra vez las propias manos en ella logrará que adopte la forma del jarrón que tiene en mente.
La escritura concebida en general como medio de registro y transmisión de un conocimiento y no como instrumento que contribuye a conformar conocimiento, se constituye a lo largo de las carreras universitarias fundamentalmente en un medio de evaluación. Es decir, se evalúa a través de la escritura la capacidad del estudiante de reproducir un saber pero en pocas ocasiones se le ofrecen al estudiante los elementos necesarios para que, a través de la escritura, pueda construirlo.
La posibilidad de escribir un buen parcial o una monografía no se vincula con el dominio que se tenga de los temas y conceptos de la materia ni tampoco del sistema de la lengua. No pocos profesionales, al momento e tener que dar forma escrita a sus investigaciones, enfrentan la tarea de escribir un artículo, una ponencia, una tesis, como un desafío complejo. ¿En qué consiste ese desafío? Fundamentalmente en tomar determinadas decisiones en función de objetivos que el escritor se ha trazado para que el texto resulte eficaz.
Escribir en la universidad implica que el enunciador se construya como miembro de la comunidad académica y se dirija a un enunciatario que no es el docente, aun cuando sea el que evalúa los textos, sino uno de sus pares. Producir un texto eficaz implica atender a las restricciones que las situaciones de escritura le imponen al escritor en las diversas disciplinas académicas. Así, por ejemplo, el que escribe un análisis sobre un texto, ¿se dirige a un lector que conoce el texto que comenta o a un lector que puede no haberlo leído? Es en función de una u otra opción que el escritor toma determinadas decisiones como, por ejemplo la elección del tipo y de la extensión de los ejemplos y citas textuales que incluirá en el texto. La decisión responde a objetivos diferentes: en el primer caso, tal vez, al de ofrecer al lector una mirada nueva sobre el texto conocido; en el segundo le resultará imprescindible ofrecer al lector la información necesaria para que pueda seguir el comentario sobre un texto que desconoce.
Así, por ejemplo, tener conocimiento del paradigma verbal lingüístico para escribir un texto narrativo no garantiza que se lo pueda utilizar de manera eficaz: el escritor debe atender a los efectos de lectura que desee provocar, ya que no es lo mismo narrar, por ejemplo, en presente, a fin de acercar al lector al acontecimiento narrado, que en pretérito perfecto, que lo distancia.

Los géneros académicos
Los textos son productos de la actividad humana; por lo tanto, están articulados en base a las necesidades, intereses y condiciones de funcionamiento de las formaciones sociales en el seno de las cuales son producidos.
En nuestro siglo, y sobre todo a partir de Bajtín, la noción de géneros discursivos fue aplicada progresivamente a un conjunto de producciones verbales organizadas bajo la modalidad de la escritura o la oralidad.
Para realizar la producción el emisor o enunciador dispone de un conjunto de géneros discursivos en uso en la lengua y de los conocimientos y representaciones que posee acerca de esos géneros. En base a su apreciación de la situación comunicativa o de la acción (Bronckart, 1996) en la que se encuentra, va a elegir el modelo textual que le parece más pertinente y más eficaz y va a realizar una producción más o menos conforme a ese modelo. Los géneros son múltiples, infinitos y no se constituyen como modelos de referencia estable y coherente dado que las producciones textuales tienen carácter histórico y, como tal, dinámico (hay géneros que desaparecen o se modifican; hay géneros que, como el correo electrónico o el mensaje de texto, surgen a raíz de las innovaciones tecnológicas). Por lo tanto, los géneros se le presentan al usuario de una lengua como un conjunto de textos de fronteras huidizas que se intersectan muchas veces solo parcialmente en la clasificación.
Son las secuencias que entran en la composición de los géneros las que pueden ser identificadas porque presentan ciertas regularidades de estructuración lingüística.
El género académico es la producción discursiva propia del ámbito académico que comprende a su vez diferentes tipos de textos, tales como el parcial, la monografía, el informe de lectura, para citar algunos. Una tesina se distingue del informe fundamentalmente en la composición de sus secuencias; si en la primera predomina la secuencia argumentativa, en el segundo la expositiva. Es en función de la situación comunicativa en la que se inscribe el texto que el enunciador elige un determinado género discursivo, un registro de mayor o menor formalidad, una construcción sintáctica más o menos compleja, profundiza o no el tema, hace referencia a saberes compartidos, etc., ya que o es lo mismo escribir, por ejemplo, un artículo sobre la globalización para un medio masivo de comunicación que para un libro de ciencias sociales. Esa situación comunicativa incide también en la estructura de un texto; es decir, rige la organización de las ideas o enunciados, esto es, su coherencia.

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*Los apartados correspondientes a los títulos señalados con un asterisco que integran el prólogo han sido suprimidos en la presente versión.